Y es que salió, esmandá...
- 1 day ago
- 7 min read
Por Maché Guzmán

La mujer más rápida del mundo no tiene nada que envidiarle a Shelly-Ann Fraser-Pryce, a Elaine Thompson ni a Flo-Jo. Hasta Usain Bolt se queda corto, siendo todo trueno.
No, ¡el ser humano más rápido que existe y jamás ha existido es una puertorriqueña!
Bueno, es cierto que su cédula dice que es de Filadelfia pero lo que importa es que se mudó a Barrio Obrero de bien chiquita — Y que tengo mis sesgos, porque me escocoto por ella.
Se llama Natalya Noel-Jones.
Es mi mejor amiga.
Y tuve el honor de ser la primera en reconocer su potencial.
A sus 21 años, corrió 20.22 segundos en una Carrera del Pavo. La gente de Santurce está demasiado acostumbrada a ver algo histórico todos los días. Ni siquiera se dieron cuenta. Yo sí me di cuenta porque padezco, desde que nací, de un genio eidético y de una bellaquera por lo sublime.
Así que entablé conversación con ella a ver cómo funcionaba eso de pasarse las leyes de la física por el forro. Una cosa es ver, y otra entender. Me desconcertó cuando me dijo que no tenía método. Corría y ya. Ni siquiera ella sabía lo rápido que corría. Nunca se había cronometrado.
Seguimos chacharreando. No corría profesionalmente. Estuvo unos meses en el equipo de atletismo de la Interamericana y le fue muy bien, pero tuvo que dejarlo antes de su estreno en las Justas pá josear.
Por pura casualidad, compartíamos el mismo cumpleaños. Hasta la hora y el segundo.
Los cielos no erran.
Todo avanzó con tantas ganas que se me rompería la quijá contándolo. Todo lo que se necesita saber sobre nosotras dos es que aunque ni ella ni yo pintáramos algo en un país tan gris, tenía que verla corriendo.
Desde el mismísimo instante que cruzó la meta de mis pupilas, acepté un rol. Tenía que convertirme en la mujer más fuerte del mundo, malabarear montañas, solo para ayudarla a correr. Me metí en como tres trabajos. Me mamé tantos libros de anatomía solo por curarle sus distorsiones musculares, que ninguna de las dos teníamos plan médico ni ganas de que alguien más la toqueteara. ¡Todo a mucha honra!
Debe haber sido sorprendente para ella lo mucho que deseaba verla correr, porque recuerdo que cuando le propuse convertirme en su entrenadora, tuvimos este intercambio:
— Girl, please. No necesito ayuda. Me resuelvo. Solo corro por divertirme, a veces.
—- Se nota que te diviertes mucho.
—- Sí, muchísimo.
—- Y acá quiero que te diviertas todo el rato.
Solo necesitaba ánimo. Todo lo demás, sus piernas podían laminar.
Imagine me, consumida por la pasión y la esperanza de que era lo próximo en ser primero, gritando como cafre desde las gradas para que quemara la pista.
Y ella le metía. A fuegote.
Es como si se bañara en gasolina.
Hay talentos tan puros y duros que invitan a soñar con llevarlos al ultramar. Por eso la animé a intentar entrar al equipo olímpico.
Hasta ese momento, Natalya carecía de experiencia competitiva real, por lo que fue difícil convencer a todos esos hombres blancos vestidos de Trajes Gobernador y pins de la azul penepepedé de que nos tomaran en cuenta. Lo más rápido que esa mujer corría era siempre detrás del patio de mi casa, subiendo la cuesta y bajándola una y otra vez hasta colapsar en mis brazos, tierna, delicada, como potra recién nacida. Los hubiera invitado a mi casa para que la vieran, pero después no se hubiesen ido y para nosotras era bien importante mantener cierto aire de privacidad, para que no sonara nada el barrio salvo sus pies santiguando la tierra y mi lengua alabando sus huellas.
Aun así, tenía fe. Tenía fe en que al menos uno de esos hombres sería lo suficientemente sabio como para escuchar mis zenangelios. ¡Incluso profeticé!
— ¿Acaso no entienden ustedes que estamos en la presencia de la mismísima heredera de Grace Claxton, de Jasmine Camacho-Quinn? Las próximas medallas de oro de nuestro país ya tienen nombre y apellido.
Esto, por alguna razón, fue lo que los convenció. Me enfogonó que no pudieran apreciar su talento por sí misma, pero a los puertorriqueños les encantan las marcas reconocidas.
Y entonces la dejaron probar, y ella rompió todos los récords sin sudar.
Discutimos la idea de que ella fuera la próxima abanderada de la selección.
Ella estaba emocionada por ello, hasta que nos informaron que no podía seguir entrenándola. Querían asignarle el mismo hombre que ha entrenado a las mejores corredoras de nuestra humilde delegación. Ese hombre también corría, pero se había retirado y dedicado a escoger a las más mejores entre todas las jóvenes con talento. Por supuesto, entendimos la lógica. Éramos apasionadas, pero inexpertas. Lo que yo sabía, lo sabía solo por aplicarle mi memoria fotográfica a los libros y era cierto que no podía ponerme en su lugar, ni en el de ellos. Era evidente que necesitaba un profesional. Ser elegida por él, se supone que fuera un honor para ella y un alivio para mí.
No significa que nos haya gustado.
No obstante, las carreras ahora eran su carrera. No podíamos irnos pico a pico con esta gente, que mandaban más que yo pero cobrando por hacerlo.
Poco después, en la primera ronda de try-outs, presencié su personal best hasta la fecha, fantaseando de que vendería mi último suspiro por ser ese papelito con su apellido que le habían grapado en la espalda. Pensé que todas sus rivales en los Juegos Olímpicos tenían que empezar a rezar pero que ya…Y ya estaban tarde.
Estaba tan orgullosa de ella, de nosotras y de todo lo que pudimos lograr a pesar de todo.
Miré a mi alrededor, a todos esos hombres, y esperaba que estuvieran tan extasiados con ella como yo. No lo estaban. Tenían las manos en la cabeza, maldiciendo y llorando.
Me la descalificaron.
El problema es que ella ya lo que hacía es volar. La categoría se trata de correr, no de volar.
No importa. Lo vi todo, con mi memoria fotográfica.
Procesé la imagen en mi mente.
¡Es más, hizo más que volar, básicamente se teleportó del principio al fin!
Entendí. Entendí, pero me pregunté si tal vez lo había hecho a propósito, para probarme algo. ¿Y qué tenía que probarme? Pues no sé. Yo siempre creí en todo lo que decía y hacía, hasta antes de conocernos. De ella solo duda el mundo y ella misma, que vienen siendo lo mismo a mi criterio.
Efecto inmediato, me la borraron de todos los récords. Su nombre se hizo nada más que un rumor en la historia. Es lo que pasa con las cimarronas. Fue todo muy bochornoso para la delegación.
Ni modo.
¡Seguía siendo mi caballota, mi campeona!
Hicimos todo lo posible para sobrevivir así. Ella también se buscó varios trabajos, un gran esfuerzo considerando lo rápida que era en todo, de manera que los turnos se le hacían eternos sin que el reloj se moviera.
Me rompió el corazón. Era más que obvio que esta no era su vida ideal, ella lo que quería era correr. Así que, cuando no me veía, y porque podía confiar en que si lo veía, se olvidaría, me encargaba de sus facturas y me endeudaba para darle gustos. Parecía avergonzada. Creo que pensaba que dependía demasiado de mí. No podía concebir que yo estuviera de acuerdo con nuestra dinámica, que hasta me encantara.
Un día como cualquier otro, la invité conmigo a Combate por si quería una playa muy larga en la que correr. Ella dijo que sí, porque nos decíamos que sí el 99,9% del tiempo. La mayoría de las veces era yo quien decía que no, porque estaba cansada. No ando a motor como ella. Necesito mi noche y mi soledad, para procesar las tantas fotos que le tomo.
Ese día que fuimos a Combate, me hizo un pequeño milagro. Corrió sobre el agua. Dejé mis pulmones enterrados en la costa, ¡porque pudo! ¡Puede todo lo imposible y más!
Mi conmoción, sin embargo, la debió haber salado. Tan pronto me vió, bajó la velocidad para saludarme lo cual significó que se olvidó de mantener el ritmo y se hundió en el agua.
¡Qué tragedia! La mujer, bueno, más bien, el concepto más rápido del cual se tiene constancia nunca aprendió a nadar.
Así que fui nadando hacia ella para salvarla antes de que se hundiera en las rocas. Se sentía muy mal. La imagen que tengo de esta escena en mi cabeza no es bonita, aunque ella lo seguía siendo, sollozando.
— Está bien, mi reina. Intentémoslo de nuevo. — Le dije. Noté que tenía arena en el pelo y se la quité en lo que se preparaba para otra ronda.
¡Hecho seguido, corrió tan rápido que provocó un maremoto!
¡Apenas sobreviví! Para mí, casi morir por ella era la cima del éxtasis. ¡Pero viví, me la viví! No había nada que ella pudiera hacer para ahogarme, que para eso sé nadar.
No obstante, después de aniquilarme, estaba muy avergonzada. Lo pude presagiar en sus ojos color existencia. Los vecinos de la costa nos comentaron que no les gustó perder el sueño por nosotras, ni sus hogares. No me importó un pepino angolo. Esos son problemas de gente sosa, pero pues, la controversia le caló.
Me confesó entonces que no quería volver a correr. Era peligroso. No pasaba nada, le dije. Sentada, me fascinaba igual.
Y pensé que sería el fin.
Volví a mis estudios e hice todo lo posible por darle espacio para correr o caminar sola. De eso se trata el amor, de respetar las distancias.
¿Quién sabe cuánto tiempo pasó antes de que la volviera a ver?
Supongo que estuvo correteando por Filadelfia y parece haberse aburrido, porque al volver a lo que una vez fue nuestra puerta, me habló con su acento más marcado:
— Let´s do this one last time. I want to see how fast I can really go.
Como espero ya haber dejado más que claro, no me importaba en lo absoluto si de verdad no quería volver a correr. Podría pasarse la eternidad acurrucada a mi espalda y yo estaría igual de satisfecha. La sensación de su aliento en mi nuca era suficiente fuego para mantenerme viva.
Pero quería correr una última vez.
Y sabía que sería su mejor momento.
No podía desperdiciar las ganas.
Volvimos a Combate.
Tracé unas líneas en la arena…pero antes de terminarlas, tropecé y me atravesó.
Su intensidad, su fulgor era nuclear. Me dejó irradiada. Cada partícula de ella se vengó de mí, una por una valiendo el quemazón de mil soles. Pasó por mi cavidad timpánica y salió por la otra, colapsando las trompas de Eustaquio. Esa tarde, el resto del universo dejó de resonar en mí, me quedé solo con su dulce voz y la militancia de su ritmo. Me liberó de mis recuerdos. Ni hablar de mi cráneo y mis sesos —- Me achicharró hasta el último nervio, dejé de sentir dolor. Es más, olvidé por completo qué era eso. Lo último que sentí, o creo haber sentido fue reconocerme inmolada.
Debería haber muerto ese entonces, pero pidió otra ronda, y otra, y otra, diciendo:
—- Perdóname, mi santa. Es que no sé cómo parar.
Y yo tampoco quería que parara.


Comments