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Aquí todos somos Rivera

  • 43 minutes ago
  • 7 min read

Por Maché Guzmán


Arte por Laren Calderón Franco
Arte por Laren Calderón Franco

Eliel compareció a la oficina del Senador bien arreglado y bien perfumadito, que para eso le pagaban rico. Esperaba una de las peticiones habituales del Senador, como averiguar si Hormigueros todavía era un pueblo en términos legales. Al contrario, le tiró con algo completamente nuevo:


— Hemos ido mirando la lista de todos nuestros donantes y nos hemos topado con soberano problemón.


— ¿Cuál? —- Le preguntó Eliel.


—- Que se nos acabaron los famosos para ponerle nombres a las calles, pero nos quedan demasiadas calles.


—- Bien, pues pónganle nombres de conceptos y números a las que quedan, qué sé yo.


Habían estado nombrando lugares como locos durante el pasado cuatrienio. Era increíble pensar que todavía existían calles sin nombre. Más, en efecto, al Eliel acercarse más al mapa en el monitor del Senador, se enteró que mayormente habían estado poniéndole nombres a la misma serie de calles en el área metropolitana. Había un par de calles recién nombradas y marcadas en púrpura en los lugares más codiciados fuera del metro, como Vieques y Cabo Rojo, particularmente alrededor de los hoteles, pero había un inmenso bache gris en la costa noroeste de la Isla.


—- ¿Y eso?


—- No estamos muy seguros de qué hacer con Loíza porque…¿Bueno, te acuerdas de cuando intentamos ponerle San Romero y no se dejaron?


—- Sí, me acuerdo de ese proyecto. Te lo edité. ¿Qué es la que?


—- Okéi, pues no sabemos cuántos son los sitios que quedan sin nombre, estimamos que algo más de 200,000 en todo el país, pero lo de Loíza tá bien puñetero. Pleno Siglo XXI y no se han enterado del progreso. Están por allá todavía navegando su mundo con frases tipo: “a diez minutos de las Párcelas Suárez”  o “al lau del palo de pomarrosa, pero antes de donde vive Zulma, que es la chusma que nunca quita las luces de Navidad.” 


Eliel se rió. A los de la Isla les encanta dejar las luces hasta marzo. Después las ponen de nuevo en septiembre. Con esas malas costumbres se atreven a quejarse de la factura de la luz.


—- Eniguéi, Elly, seguro que ya todo esto lo sabes. ¿Eres de Loíza, no? 


Eliel no era de Loíza. Su padre sí. Pero él no. A sus casi tres décadas bachateando por la Tierra,  su principal tema de conversación seguía siendo que estudió en Saint John´s. Si había ido a Loíza, aunque fuera tres veces en su vida aún teniéndolo tan íntimo, era porque se esmandó por varias salidas que no eran. Tenía la memoria de que era un lugar muy deprimente…y homofóbico.


—- Yeah, soy de Loíza.— Eliel le respondió con la cara bien fresca. Era un chamaco pragmático. Lo dijo porque se le ocurrió que podría ser más fácil colar el pie en la Alcaldía de Loíza que la de San Juan.


—- Okéi, perfect. Te cuento. La idea original era seguir dejándolos que hicieran lo que les diera la gana después que siguieran votando igual, pero ahora el issue es que aprobamos como diez developments y los americanos tirando los planos no pueden ubicarse. Pasamos una vergüenza feísima porque lo pusieron en CBS News.


Eliel siguió asintiéndole a todo mientras el Senador se fue en al menos veinte tangentes.  Eliel se fue en los suyos, pensando ahí que lo único que sabía de Loíza era que era tierra de nadie y tienen muchos mangles. Los mangles se le hacían cosa exótica porque nunca había visto uno en persona pero eran de los pocos árboles a los cuáles se les ven las raíces, ¿no? ¿Tendrán relación con las ceibas? Nunca había visto una ceiba tampoco.


—- Pero tú vas a tener que ir a hablar con esa gente a ver si negocias unos nombres. Algo folclórico, con un cuentito, para que se vendan mejor. No te rompas mucho la cabeza, tan pronto te sugieran algo original, apúntalo.


A Eliel no le emocionaba mucho la idea de volver a la aldea que tanto le pesaba, pero asintió. Ni modo, aprovecharía para hacer algo de turismo interno. A Eliel le gustaba este trabajo porque era fácil y le vino natural después de haber sobresalido en el Córdova y Fernós, donde se hizo maestro en la fina arte de verse útil. Disfrutaba mucho de esta vida en la que su principal problema era decidir cuál sería el próximo vino a degustar con su jevito de Guaynabo, y si este era el precio para mantener su idilio, no iba a cuestionarlo.


El primer reto fue llegar.


Se perdió tantas veces que empezó a dudar que Loíza fuese un municipio real. Era una situación como cuando el jefe le encomendaba ir a comprarle un mocha frappe en una cafetería de la esquina en vez de en un Starbucks.


El segundo reto fue encontrar a alguien que le hablara. Para su deleite, Loíza era ahora una ciudad turística. El centro estaba explotau de rubios. Se veía movimiento y todo olía a cemento, aunque eso no significó casi nada para sus propósitos —- Pasó horas dando vueltas en la Sequoia porque los “aledaños” le huían. 


Algunos disimularon su desdén por él y sus muchos anillos mejor que otros. La peor de todas fue una jovencita que le respondió: “Sóri, áy dú not éjpik espanitch. ¡Niuyorikan!” 


Eliel intentó explicarle su encomienda en inglés, porque lo hablaba con mejor fluidez que el español de todos modos, pero ella simplemente se le rió en su cara y le dijo que necesitaba conseguir un trabajo real. Eso, y: “¡MACHETE AL PUELCO!”


Ajá. 


Eliel siguió guiando “plantación adentro” hasta que descubrió una serie de casas al lado de una quebrada que parecían habitadas pero que no tenían rótulo alguno. No salían ni en Google Maps. Era como si ni el mismo sector tuviera nombre, ni huella. 


Ahí sí encontró gente que le hablara. 


Aún de lejitos, notó que ninguno de los residentes parecía menor de 80 años, pero pues, es que la Isla es así…según le han contado.


Tan pronto Eliel se estacionó — mal  —- y se fue bajando del automóvil, el más inmenso que esa gente había visto jamás, vino corriendo a donde él un viejito presentao que se plantó ante él diciéndole que era veterano de Vietnam y preguntándole si era empleado del Muy Hon. Señor Senador Incapaz, porque ese cabrón le debía dinero por unas apuestas.


Eliel ignoró lo que no le incumbía. Se presentó de lo más normal y le contó su encomienda, preguntándole cómo se llamaba este sitio porque tenía que ir progresando algo antes de que cayera la noche.


Por muy loco que pareciera y actuara El Viejo, no dudó en vomitarle siglos de su historia en el mismísimo momento. Su mente funcionaba como látigo, y Eliel no estaba al tanto del dialecto local, así que se perdió casi todo hasta que El Viejo terminó diciendo: 


—- Ah, está aquí es la calle de los Rivera, porque aquí todos somos Rivera.


—- Yeah. Como medio país. Tenemos cuchucientas calles, callejones y caminos que tienen el nombre de algún Fulano Rivera Mengano y no queremos más tocayos entre todos.


El mismo Eliel era Rivera. Rivera Sánchez. El Senador también lo era, por parte de su abuela. Junta a 30 boricuas en cualquier debido lugar y siempre habrá un Rivera, cuidado si aún más si se cuentan los que no nacieron de una mata de plátano. Hay más boricuas con el apellido Rivera que todas las Marías juntas. Ser un Rivera en Puerto Rico es como tener un espacio en blanco en el certificado de nacimiento. Siguiendo la lógica del Viejo, entonces tocaría ponerle a todo el país Puerto Rivera. Esta información no le era nada relevante a Eliel Rivera Sánchez Rivera Rivera, Rivera y Rivera…


—- ¿Qué es lo más interesante que haya pasado en esta calle? Ever?


—- La vez que tuvimos un bembé en casa de Jhovann y nos hizo unos gandules guisaos que es que guau. De usted y tenga. Dios la bendiga y la tenga en toda su gloria. Ahora la hija y la yerna viven allí. 


El señor señaló con los labios en dirección a la casa de dicha persona llamada Jhovann, pero Eliel no se molestó en mirar. Ni procesó el gesto.


—- ¿En serio esa es su mejor idea?


—- Sí.


Okéi.


GuateveL. 


Hacía tanto calor y tanta humedad que Eliel se estaba sofocando en su camisa de botones y rayas celestes, muy bien planchada por su help. No tenía la paciencia para entender a este prieto picoreto con síntomas clarísimos de demencia. Tenía que avanzar porque sabía que si se desmayaba, no había manera de que llegara una ambulancia a tiempo. 


Apuntó la calle del supuesto veterano de Vietnam así: La Calle de los Gandules Guisados.


Luego habló con otro, de la próxima calle, y le hizo la misma interrogación. Ese le dijo que era jubilado del Departamento de Educación y que no encontraba cómo seguir estirando los tres trapos de pesos que le llegaban cada cuantos meses. La dinámica resultó casi igual cuando le preguntó que qué era lo más importante que había pasado en su calle y este le dijo, con los ojos aguados:


—- Que desde que me mudé aquí no paro de soñar con mi ex-esposa.


Con eso, la apuntó como la Calle de los Sueños Entripados.


Pronto, una doñita se acercó tímidamente porque lo escuchó con el señor anterior y quería dar testimonio de algo que sucedió en la calle suya, diciéndole:


—- Mis amigos de la infancia eran una familia de Martinica. ¿No los conoces? No sé pá dónde se mudaron…


La calle de los Martinicos.


Y así sucesivamente, brotaron otras calles:


C. Sartén Tumbao. El callejón de los moros pecosos. C. de las Orquídeas [a] Tutiplén. El camino de los amargos. Todo junto, llámenosle la Villa Asquerosa.


Fue una pérdida de tiempo de principio a fin. 


Cuantos más Viejos con los que hablaba, más se acercaban a él con sugerencias de nombres, reclamándole sobre cuestiones relacionadas al plan médico o al


 “jueguito” de Acueductos y después olvidándose de todas sus propias sugerencias para sugerir otra cosa.


El tipo juró no volver jamás.


Pero montándose de nuevo en la guagua, le cayó una realización como caen los aguacates luego de un huracán —- 


Ya no recordaba su propio nombre ni cómo encontrar la autopista.





Es más:


no quiero nombre,


que me lo lleve el mar lavándolo


en mi arena.


Que me lo arrastre el mar,


y que yo sienta


que estoy allá la intacta,


la Sin nombre.


— POEMA, Anjelamaría Dávila (1966)


 
 
 

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