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Para ti, que no puedes ser

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Arte por Laren Calderón Franco
Arte por Laren Calderón Franco

Durante gran parte de mi vida, no te visualicé llegando a ella. 


No te quería. 


Quizá era porque me faltaba paciencia (todavía me falta), o porque no había hecho espacio en mi corazón para querer amar, proteger y velar por los retoños que continuarán creciendo aún después de nuestro viaje por el cosmos. Me miraba. No sé qué veía. Lo que sí sabía, era que no imaginaba mi dedo índice siendo sostenido por una mano tres veces más pequeña que la mía. Esa era mi decisión, mi sentir. Podía levantarme, escoger y continuar.Pero ahora…no puedo escogerte. La vida ha escogido por mí, y ahora es cuando me duele. Porque ya no soy yo quien escojo, y tenerte ya no es algo que puedo elegir. 


La casa que habito no es un hogar próspero para mí…y tampoco lo es para tí. 

Nunca lo fue.

Mi casa es hostil, inhóspita, volátil. Siento que a duras penas puedo vivirla yo. Las luces no encienden, y cuando intento buscar al electricista, no está. 

Pero prefiero que no esté, a encontrarlo y que quiera convencerme de que las luces están bien, que soy yo quien no sabe encenderlas, o que debo cuidar mejor la casa. Me pregunto si a las casas blancas de urbanización controlada les va igual cuando les fallan los fusibles. 


Trato de no pensar en esto, y a veces mi trabajo logra ayudarme por unos breves instantes. Puedo tomar manos pequeñas, ver logros, amarrar zapatos, dar una cuchara con comida, sentir abrazos que no pasan de mi cintura, arreglar peinados deshechos por el juego, y resolver conflictos que se vuelven graciosos después de unos minutos. Me puedo sentir mamá. 

Siento que te veo al otro lado del cristal y me toca caminar rápido, porque no tengo la oportunidad de entrar y llevarte conmigo.


No tengo dónde guardarte…ni dónde cuidarte. 


Te amo sin poder tenerte. Sé que el universo se encargará de colocarte en un regazo capaz de sostenerte, cosecharte y verte crecer. Los regazos pudientes me rodean todos los días, y cosechan con un amor que puedo sentir cada vez que salgo a trabajar. Me cobija el amor de sus frutos, aunque no sean de mi cosecha. Me es difícil caminar entre los surcos, apreciar las cosechas mientras vivo, protegerlas y atenderlas —y más cuando compartimos raíces. Cuando sé que nos une una raíz, así sea por debajo de la tierra, me duele más. 


Porque estoy tan cerca…sin estarlo a la misma vez. 


No quisiera que me doliera. Todos los retoños en la finca de mi vida me hacen feliz; sus logros traen orgullo a mi corazón, y mis ojos son dichosos de verles transformarse cada día más. Pero nada nunca es tan sencillo. No es blanco, ni negro, ni violeta, ni amarillo. Es una mezcla infinita de matices que solo pueden ver aquellos dispuestes a mirar a través de mis ojos, o quienes también los ven por alguna razón u otra. 

A veces toco la puerta de lo que no puede ser tu hogar para ver si logro identificar por qué está fallando —además de las luces. Pero los matices vuelven a cubrir mis ojos y me hacen entenderlo todo una vez más. A veces hago más que tocar, y la casa se vuelve una difícil de vender; no se venden bien las casas con marcas en las paredes. 

Otras veces, me gusta jugar a que estás ahí. Me paro de lado, observo el relieve de tu cuarto, y pretendo que aquella vez pude mirarte a través del cristal y llevarte conmigo porque tuve dónde guardarte. Pienso en cómo te llamarías, si tendrías mis ojos color café con miel, si saldrías con la nariz que no ha saltado generaciones, pienso en cómo podría trenzar tus rizos de azabache que yo misma te di, si podría calmarte con el mero latido de mi corazón, o si por fin podría responder cuando escuchara la palabra mamá


Y es que, aún si la parte más importante de mi casa pudiera hospedarte, el resto lo volvería un hogar hostil con el pasar de tus respiros. Dejarte entrar sabiéndolo, me haría egoísta. Debo protegerte de mi casa y mantener la puerta cerrada para que puedas dirigirte a aquella donde podrás ser. 

Quizás cuando nazca en otra casa, en otra finca, con otros astros en el cielo, podré abrirte la puerta. Quizás me toca una de las robustas, de las seguras, de aquellas que veo cuando salgo a pasear. Quizás allí podrás estar y, si te veo por ahí, tendré dónde guardarte. Te podré abrir las puertas de par en par como crisálida, y las podré volver a abrir cuando te toque salir como mariposa. 

Mientras tanto, te veré en los frutos de afuera, en las estrellas, en mis sueños, y en las figuras que se forman en las nubes. 


Todo, detrás del cristal, desde mi casa de un solo cuarto.


 
 
 

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