Un complot
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en memoria de William Montalvo de Jesús

Niño mío,
…
¿ves mi cariño como una roca blanda cimentándote?
…
¿ves cómo busco a tientas tu misterio
para poder sembrarte luces en las palabras?
¿ves mi palabra
enorme y balbuceante jeroglífico
que te rumora, dice,
…
si vieras
cómo quiero tejer las pajas de tu nido,
qué caminos vislumbros
y qué pasos
para llegar sin ruidos hacia la puerta
que quiero abrirte;
Ánjelamaría Dávila Malavé
Los padres realizan lo que por analogía con los políticos nombraríamos expresiones públicas, por medio de las redes sociales. Siempre por medio de la que mejor entretejida contenga la lista de sus contactos, conjunto a sus hijos y enemigos. Los destinatarios del mensaje aprehenden el sobre que contiene la carta a la manera en que un gato atrapa a un pitirre, en su propio vuelo en descenso. La comunicación entre los patriarcas y sus hijos asemeja la distancia tendida por un vuelo de pájaro que de la forma más abstracta posible desprende su gesto:
–Aleluya, hay un complot https://facebook.com/asambleasdedios/waq5uyyVJHE –rugía Erik en un estado de whatsapp al enterarse por mediación de su madre acerca de las andanzas religiosas de su hijo, iniciado recientemente en el sincretismo.
Las expresiones públicas de esta índole, actualizada a los tiempos, consuma que la ausencia de mi padre ha sido reemplazada por su distancia sublime. Con su omnipresencia sobre todos los asuntos posibles y de la forma más discreta, se disuelve la conjetura de que los efectos de su ausencia sean reducibles a su presencia, como remedio. Orgulloso, desde la distancia, desciende para emitir opiniones cual juez omnisciente, de la forma que un pitirre ataca a un gato desde el tendido eléctrico. Pero, esta vez, más que el mensaje, el gato atrapó al pitirre en el aire.
Yomar, hijo primogénito de Yary y Erik, retoño que selló para la eternidad la combinación entre actitudes y gestos faciales de esas uniones que se concretan para no encontrarse nunca jamás. Esta línea entrecortada atravesó el final del mundo del 2017 y viró a casa. Conoció el tiempo de la zafra en brazos de su abuela Nilda y el color verde y cobre dentro del vientre de Yary.
Entre fiesta y fiesta como en efecto bola de nieve, braceaba cual kayak entre risas y preguntas, las bahías luminiscentes de la memoria familiar. Con una sola puyita tenían suficiente las tías para requerir diez secretos revelados por su silencio; diez anécdotas por cada veinte años de olvido. Mujeres joviales cortejadas por su sobrino favorito, o al menos así se sentía Yomar al ser el único presente y cómplice de delatar a la Doña Carmen, escondida tras del espíritu santo. Tanto para la generación de menores que vieron salir el Sol luego del huracán y escuchaban atentamente con un ojo en la TV y otro en la nevera, como para la generación de la familia mayor que sus noches habían olvidado. Ya cuando Yomar podía hacer tangible los secretos tras los silencios, como a las cosas por su nombre, le preguntó a Doña Carmen:
–Abuela ¿por qué tú le ponías una manzana con miel a la Santa Bárbara que había dentro del nicho frente a la casa, que ahora tiene un caracol?
Doña Carmen es la planta aglutinante de los días festivos, las acciones concertadas, la coordinadora de los amarres para los bonitillos que le gustaban a sus hijas, la organizadora de los rituales y la ejecutora de los mismos, tanto al principio como al final del año. Velaba por que cada uno de los varones de la casa, en especial el hijo de su hijo, le besaran el cachete inmediatamente que Erik llegara.
¿Has escuchado tú sobre la horda que mata al Padre?
Entre Yomar y Erik se abre esa distinción entre el animal bipedo y el alado, el arribante en tierra y el planeador por aire, el que se acerca y el que se distancia. Yomar había conseguido un internado en un centro de investigación en afrodescendencia y comenzó a hacerle regalos a las sobrinas de Erik, es decir, sus primas. Él reconocía el hecho de que nunca faltó un bizcocho, un regalo, una fiesta, ni una tía en un cumpleaños. Así, adquirió la porosidad de los sustantivos comunes de “primo” y “tío”, entre sus tías y primas, entre sus hermanas y sobrinas. Labraba los marullos de sus tías, que se abultan en las palmas de sus ojos y las cuencas de sus manos, a la manera de un niño que le muestra a un extranjero cómo remontarse en la corriente de agua, de modo que pudiese tomar el viaje de la gota hasta la orilla ante el oleaje que de súbito le asalta a un adulto. No porque el lenguaje sea el límite del mundo, sino porque las lágrimas son el límite del lenguaje. Lo único que heredé de mi abuela Carmen fue el secreto por el cual podría ser un traicionero para los padres de sus sobrinas y los novios de sus hermanas.
–Soy Maquiavelo ante el vacío de poder que me legó mi padre y por el cual me llaman Tío y Sobrino –decía Yomar a una de sus amantes que resemblaba a su tía Marisela.
Erik había ganado el cielo, por proseguir de cerca los caminos del Señor junto a su pastor. Mientras tanto Yomar les mostraba a sus sobrinas que las plantas de la casa no estaban de ornato y que esto ni tan siquiera era una casa, ni una bendita ferretería sino una Botánica. Hay distancias sublimes que por nuestro deseo a reducirlas, no podemos dar a interpretar una falta, mucho menos por defecto de cercanía ante quienes ostentan tanta estima por su presencia, pero predican su ausencia perenne.