Contraoráculo
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de la mano del padre
parten los caracoles la tierra.
marcan un nombre roto en nueve piedras.
nueve bocados de quebranto
que debo pagar con mi propia gracia:
las gotas que conforman el río,
pez que sube y baja la montaña,
llanto de palmera,
polvo de viento,
la negación de mí mismo en mi máxima expresión,
carne supuesta a morir en un punto,
estadística mal recopilada,
la flama que arrasó el cañaveral,
soplo que escruta la mañana para no perder el aliento,
para no frenar el temple,
para que los vacíos del mundo
alimenten el verbo
y me liberen de las ganas de sacrificar la cabeza
a la hora en que el augurio marque un nombre.
soy un tropiezo que camina,
el deseo de brincar entre sonrisas,
la palabra pillada entre discursos,
miedo embotellado,
un fiasco al que la palabra de dios se le quedó chiquita.
una sordina de reproches ante el dogma soy.
soy la mano que sin parar queda pinchada
por la rosa que es la rosa y que no.
soy un despliegue de alas a la espera.
godot en una foto soy.
inquisidor de épicas,
sísifo preso de cuero a la vista,
perverso y pervertido soy.
lector de carne y de silueta,
una fuente práctica de calor.
soy una sarta de rayos avivada por el pánico.
furia colmada de pavor soy.
un caballo esclavo de una zanahoria de plástico.
soy un perro que se come su propia verdad por el rabo.
soy el tornado que nunca da abasto…
desde el hígado de mi viejo
brota un círculo de nueve piedras hasta el suelo.
un nombre es un hueco diminuto,
trocitos de clichés hilados en collares,
un ritual de palo y cascabel
para invocarme la noche,
estrellas fugaces grabadas en la tierra,
rotas, esparcidas, pesadas…
se equivocan.
en pedazos me hice agua
y solo sé amar desde la fractura.
soy la raíz constelación que no sabe
otra cosa sino brotar.
soy esos saberes, viejo, y no los soy.
ni padre ni hombre ni hijo ni animal ni poeta…
un río…
y por hoy tendrá que ser suficiente.



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