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Una identidad secreta

  • Writer: afrodescendenciaup
    afrodescendenciaup
  • 23 hours ago
  • 5 min read

Arte por Coralis Cruz González
Arte por Coralis Cruz González

De nene, fui dominicano en secreto. Tenía diez u once años y esa certeza clandestina me servía  como un tipo de chaleco antibalas o, si las cosas estaban malas, como una camisa agujereada en un tiroteo. 


Si se me excluía de un juego en la calle, si no podía trepar el árbol en el que todo el corillo del vecindario, incluyendo mi hermano, jangueaba; si perdía en un fogueo de karate, si actuaba como un niño cuando se esperaba que lo hiciera como un preadolescente —es una edad-bisagra difícil—, me decía a mi interior que no importaba, porque realmente no pertenecía a aquel mundo, a aquella vida tan cagüeña, tan cotidiana y puertorriqueña. Yo era, después de todo, secretamente dominicano. 


Si el suceso me encontraba de buen ánimo, lo ocurrido me rebotaba y mi autoestima y sentido de ser permanecía intacto. Incluso, ver cómo me resbalaban cosas que otras personas creían que me afectaban me hacía sentir invencible.  Ese no era siempre el caso, claro. Ya a esa edad comenzaba a anunciarse la sombra que amargaría mi primera adolescencia, esa invasión hormonal que insistiría que la tristeza era mi default. De vez en vez, la exclusión o el fracaso o el traspié me convencían en que no daba liga precisamente porque no pertenecía, porque lo dominicano en mí siempre me pondría en desventaja ante los requerimientos de mis amigos, de mi familia, del mundo. 


La inexactitud de la memoria me fastidia. Siempre que alguien prologa una anécdota con “recuerdo que”, sospecho y dudo casi que instintivamente de lo que sigue. Pero recuerdo que una de las coyunturas importantes en la historia escondida de mi dominicanidad ocurrió cuando mi padre me informó que lo acompañaría a la boda de uno de sus sobrinos. Mi padre nunca mencionaba a su familia y cuando lo hacía nos quedábamos todos en silencio. No sé exactamente cómo fue que decidió llevarme a mí, y no a mi hermano mayor. Quizás él simplemente no quiso ir. Pero la razón no importó Poco después me convencí a mí mismo que mi padre me llevó porque presintió que había sido yo, y no su primogénito, quien había heredado el secreto dominicano, su secreto. 


La boda terminó mal. En algún momento en la fiesta posterior, parpadeé y me hallé solo en el segundo piso de una casa grande en Canóvanas, mirando una inmensa pecera alumbrada con peces muy coloridos. A lo lejos escuché gritos y cuando salí al balcón, el alboroto se intensificó y miré hacia la calle y allí vi cómo todos los asistentes intentaban detener a una mujer que me habían dicho unas horas antes era mi tía, la hermana de mi padre. Ebria, corría tras alguien con un machete—¿o fue una botella rota, afilada?—. En algún momento pensé que lo había cogido, que lo había matado. Recuerdo que sentí miedo, que inclusive tal vez empecé a llorar. Recuerdo también que, aunque pareciera imposible, a lo lejos, en la calle, mi papá se volteó, y desde allá abajo me vio  en los altos de la casa, y yo lo vi a él, ojos endiablados y casi que voló escalera arriba y me tomó de la mano, nos dijo que nos iríamos y jamás volví a ver a su familia antes de una concatenación de funerales que los devolvió brevemente.


Pero no fue ese desenlace lo que más importó para el niño que fui. Recuerdo que, cuando mi padre me arrastró hacia el carro, sin despedirse de nadie, le dije que no me quería ir. Lloraba, estaba nervioso —era un niño sensible, digamos—, pero la verdad era que no me quería ir. Después de todo, las horas que precedieron el arrebato de la hermana de mi padre —nunca supe si mayor, o si menor—, aunque fueron profundamente aburridas para un niño, también fueron esenciales, importantísimas.


Un momento particular permanece claro en mi memoria. Todo el mundo se había metido, aunque no cupiera, en la sala de aquella casa de dos pisos para escuchar un brindis. Hacía calor, y a penas me podía mover. Alguien dijo algo entre el barullo, y, de pronto, estalló un un silencio hondo, como si le hubieran puesto mute al mundo. Miré a mi alrededor entonces y me percaté, por primera vez, que un montón de aquella gente se parecía a mí. Y, más importante que eso, noté que se parecían a mi papá, que permanecía detrás de mí. Pero no del todo. Tenían la misma cara pero sus pieles eran más oscuras. Todos eran, a diferencia de mi papá, de mi mamá, de mi hermano —en el vocabulario vernáculo que yo tenía entonces y que todos usábamos— prietos, prietitos, negritos, morenos, morenitos, café con leche, etcétera. Como yo y mi hermana menor. Y visto entre ellos, la ambiguedad jabá de mi padre desaparecía. Allí, en aquel mar de gente, era innegable que él era uno de ellos y, por consecuencia, era innegable que yo también lo era. Allí no había secreto. 


Fue una impresión infantil, sin duda. Después de todo, yo conocía a mi abuela, aquella mujer inmensa y negra a la que mi madre nos llevaba a visitar una o dos veces al año. Yo sabía que su acento era otro, que siempre nos hablaba de Santo Domingo, de nuestra casa en Santo Domingo. Pero ella era una y el singular siempre puede ser excepción. Aunque me decían que era madre de mi padre, no recuerdo haberlos visto juntos. En aquella boda —ahora que lo pienso, ¿dónde estuvo mi abuela en la boda? ¿Será que tengo la cronología mal?—, había tanta y tanta gente, incluyendo a mi padre —especialmente incluyéndolo a él—, que la realidad era innegable. Allí había un mundo y una familia que me pertenecía. O que pudo haberme pertenecido. 


Mi padre encendió la Jeep Cherokee y salió disparado de allí. Para el niño que fui, parecía querer dejar atrás todo aquel desastre, todo aquello que era tanto y que era tan distinto a nuestro día a día. Es posible que yo estuviera equivocado, que malinterpretara todo. Tenía diez u once años, después de todo. Pero el silencio suele fosilizar las impresiones erradas.


Recuerdo algunas cosas del viaje de regreso a Caguas: el rostro molesto de mi padre, apretado en un puño de furia o, pienso hoy, vergüenza.  La radio que tocaba una canción de Bob Marley que le gustaba. También recuerdo—o creo recordar— la sensación de seguridad que llevaba en el pecho, y que nacía de la certeza de que aquellas pocas horas que pasé entre mi familia dominicana —una familia que no sabía entonces justo acababa de perder —habían reforzado mi secreto, aquella isla clandestina que me servía de refugio interno.

 
 
 

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