Mi proceso creativo: de la escoba inicial al punto final
Por Aurora Arias

Todo comienza con una escoba. No recuerdo con exactitud por qué, cómo, ni cuándo empezó esa manía de tener que barrer antes de ponerme a escribir. Tal vez surgió de una imposición de antaño —ya superada, por cierto— que me obligaba a creer que mi deber como mujer, esposa, madre, empleada y ama de casa era, antes que nada, cumplir con esa tarea de barrer, como si con ello me ganara el derecho a ser escritora. Pero si me voy más lejos, quizás también se trata de un hábito adquirido en otras vidas, cuando fui (y sigo siendo) bruja y probablemente me quemaron en alguna hoguera. Lo cierto es que barrer se ha vuelto algo esencial en los minutos previos a sentarme a escribir. Cada vez que agarro la escoba y retiro la suciedad del suelo, siento que me deshago de lo superfluo: de lo que no debería estar ahí, de lo que es preciso barrer tanto física como mentalmente para dejar la página libre de lo innecesario. En ese instante, me invade una especie de excitación ante la sola idea de que, una vez terminada la tarea, seré libre para subirme a la escoba de la imaginación creativa y emprender el vuelo. Y, sin embargo, la realidad es más práctica —y tal vez menos poética—: barrer antes de ponerme a escribir me ayuda a repasar mentalmente lo que deseo expresar y lo que dejé pendiente la última vez que me senté frente a la pantalla; en el proceso, a menudo establezco conexiones que no se me habían ocurrido antes. Es una forma de meditación que me deja lista para cualquier cosa.
De barrer, paso a leer el libro que tenga entre manos en esos días. Por lo general, me gusta leer ficción, preferiblemente, dentro del género y la temática que esté trabajando en ese momento. Me resulta muy inspirador leer a quienes ya han incursionado en lo que yo quiero incursionar. Leo como lectora, como escritora y como ser humano. Ese momento de lectura antes de escribir es tan importante para mí como el acto de barrer. Ambos contienen la misma esencia: la de ir apartando mi mente de otra cosa que no sea entrar en mi propio proceso creativo.
Entonces viene la música. No sé qué sería de mí como escritora si no fuera por la música. Haberme criado en un barrio de Santo Domingo, de casas separadas por paredes bajas y unidas por el bochinche, la radio encendida a todas horas emitiendo bachatas, boleros y merengues, y mi abuela ensayando conmigo canciones de la “Nueva Ola”, entre otras cosas, debió de servir como una especie de laboratorio experimental cuyos resultados perduran hasta el día de hoy. Al mirar atrás, me doy cuenta de que no he escrito ni una sola cosa en la que la música no desempeñe un papel significativo. No fue algo que me propusiera hacer conscientemente; la música no es solo un tema ineludible en mi obra, sino que también ha moldeado el ritmo de mi prosa, las tramas e incluso las decisiones y expresiones emocionales de algunos de mis personajes.
Así que, aunque a veces necesito un silencio casi absoluto para escribir, tengo la costumbre de escuchar música antes de empezar. Mi enfoque respecto a la música es similar al que tengo con la lectura: escucho aquello que conecta con el tema, el género o los personajes en los que estoy trabajando en ese momento. A veces no me importa que la música tenga letra; en otras ocasiones, prefiero temas instrumentales. Sin embargo, una vez que entro de lleno en el trance de la escritura, eso ya no importa, pues he logrado volcar toda mi atención en el texto y el mundo exterior se desvanece. Otro de mis hábitos es beber cantidades brutales de té verde no descafeinado. Me ayuda con la estamina y con la capacidad de enfoque, aparte de que me gusta el sabor. En una época ya lejana de mi vida prefería el vino tinto, pero el temor a perjudicar mi salud, me han alejado de esa costumbre.
Mi horario de escritura ha cambiado a la par de mi estilo de vida. Atrás ha quedado la época en la que criaba a mis tres hermosas hijas y tenía que «esconderme» en un armario solo para hallar un instante de paz para escribir un verso; cuando tenía un empleo de horario fijo, que me obligaba a llegar más temprano para arañar algo de tiempo y escribir antes de que apareciera mi jefa; cuando mis horas de escritura dependían de un apagón o de la siguiente interrupción de alguien a quien no le importaba en absoluto mi deseo de escribir. Tras décadas de luchar por hacerme un hueco para escribir sin sentir culpa, he llegado a un punto en el que ya no quedan excusas que superar. Me encuentro en una etapa en la que siento gratitud hacia la Aurora de hace décadas: aquella mujer que tuvo el valor de persistir en darle voz y espacio a mi mayor pasión, a pesar de los diversos obstáculos en mi camino. Así es como he llegado a donde estoy ahora: escribiendo desde las 3:00 p. m. hasta las 6:00 o 7:00 p. m., con una pausa para caminar durante cuarenta y cinco minutos. Es una disciplina que no me pesa; al contrario, aligera mi vida y me aporta felicidad. La considero tanto una aliada como un logro, hasta el punto de que se ha convertido en una adicción de la que no deseo curarme.
¿Bloqueo? Sí, pero no me asusta. Con el tiempo he aprendido que forma parte natural del proceso creativo. Que tiene sus porqués y solo tengo que hurgar en ellos: ¿Estoy cansada mentalmente? ¿Es hora de pensar y hacer otra cosa, en lo que la marea vuelve a subir? ¿Necesito nutrir mi cerebro y mi espíritu antes de querer continuar escribiendo? ¿Bailar, saltar, callar, hacer el amor? ¿Darle un tiempo a la historia que estoy contando y a los personajes para que se cocinen solos en algún rincón oculto de mi cerebro? ¿Soltar por un rato el deseo de llegar al punto final?
Quizás lo que más me importa de mi proceso creativo sea mantener vivo el impulso: esa pulsión, ese motor interior que me ha mantenido amarrada a la página durante tanto tiempo mientras intento expresar, lo mejor que puedo, lo que quiero decir. Esa pulsión que me recuerda que soy y quiero seguir siendo una eterna aprendiz. ¿De dónde proviene, por qué, con qué fin? Las respuestas ya no me importan tanto como la capacidad de honrar ese impulso a través de las palabras mientras viva.



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