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Lejanía

hace 2 horas
3 min de lectura

Arte por Laren Calderón Franco
Arte por Laren Calderón Franco

Roma

Febrero del 2003


Tan presentes en la ausencia

viviendo en el «terruño» que flota

en el eterno ni e.

JOSEFINA BÁEZ


Sentada de piernas cruzadas en su poltrona estilo Luis xv, en la sala de su apartamento en la Via Angelo Poliziano, Gladys Agramonte abre su cartera Gucci. Saca su Pietro Beretta 9 milímetros automática color oro rosa, su encendedor de llama doble, su frasco de sertralina y su eau de parfum de Helena Rubinstein, hasta encontrar su Nokia 7210. Sus dedos de uñas largas y afiladas pintadas con la bandera dominicana marcan el número del celular de Otto y de su nuevo marido, indistintamente. Una vez más, nadie le responde en la lejanía. Hace amagos de que tirará el celular dentro de la olla profunda y plateada llena del sancocho oloroso a siete carnes que tiene enfrente, pero se contiene. 


«No pierdas la compostura delante de tus compatriotas, Gladys», se dice a sí misma. «Otto prometió que iría personalmente a buscar a tu marido al aeropuerto y que luego lo alojaría, cuidaría de él y lo vigilaría mientras tú resuelves los asuntos de negocios pendientes —que, por desgracia, se han retrasado por culpa de ese maldito coronel Cerda—. Recuerda: si hay alguien en quien confías, es en Otto. Nunca te ha fallado; sacrificó su vida por la tuya y siempre hace lo que le pides, aunque no siempre se lo agradezcas como deberías. Así que sigue llamando a la República; ya verás, tu marido contestará en cualquier momento. Al fin y al cabo, la situación allá es complicada; probablemente solo esté teniendo problemas con las líneas telefónicas».


—¡En exclusiva, sancocho de siete carnes en el corazón de Roma con motivo del Día de la Independencia Nacional! —exclama de repente el encargado de grabar el encuentro de dominicanos, haciendo un paneo de los compatriotas invitados.

 

Gladys, mejor conocida como la Mayimba de los viajes al exterior, suelta el Nokia y sacude una bandera dominicana al ritmo de una música que no se sabe si es palo, salve, congo, perico ripiao, gagá, bachata, merengue, salsa o reguetón; pues dada la manera subrepticia en que se desarrolla el convite, tal vez solo se oye en su cabeza. Inaugurado el convite, la Mayimba de los viajes al exterior continúa sentada entre almohadones de estampado de tigre, cobra y cebra; el elefante de espaldas a la puerta, las imágenes de san Miguel y santa Bárbara, entre tantos otros objetos entrañables; el más llamativo de todos, la fotografía tamaño 40 × 50 centímetros con marco dorado que preside la sala. Es el retrato de una Gladys más joven, en compañía del coronel Cerda y el expresidente de la República Dominicana Joaquín Balaguer. Resuelta a relajarse, abre la caja de ébano donde guarda sus puros, saca un Cohíba Genius y lo enciende. Todo el que la conoce sabe que cuando la Mayimba de los viajes al exterior prende su Cohíba significa que necesita comunicarse con sus santos y sus seres y no quiere que la molesten. 


Un aroma a especias y madera, a caldo hecho de víveres y siete carnes, arroz blanco y tajada de aguacate en una tarde lluviosa se esparce por la sala. Gladys aprovecha que sus invitados están ocupados comiendo sancocho y se concentra en las volutas de humo que se desprenden de su Cohíba y le sirven de oráculo, tal y como le enseñó su difunta abuela Chía, que Dios la tenga en su santa gloria. El tabaco se quema lentamente mientras ella pregunta en su mente: «¿Dónde está mi marido? ¿Por qué ha pasado un mes sin que yo sepa de su paradero? ¿Le pasó algo malo? ¿Cerda mandó a matarlo?». 


—Esto no parece un encuentro entre dominicanos, sino un entierro —dice una de las compatriotas invitadas, tratando de no hablar muy alto para evitar que los demás inquilinos del edificio llamen a la policía. 


El resto de los compatriotas se ríen. Gladys, desde su poltrona, contiene las lágrimas. No quiere que Lina, su única y adorada hija, sentada entre los comensales, se preocupe. Para ocultar su tristeza, mira con dolorosa nostalgia las gotas de lluvia que chocan contra el cristal de la ventana; pero, como en el pasado, fuera solo hay silencio, sordera, ausencia, lejanía.


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