El duelo que me nombra otra vez.
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He perdido mucho. En estos días, semanas, meses... he perdido tanto que no me caben los sentimientos en el pecho. Se me acomoda el dolor en la piel como sal sobre una herida abierta, punzante y constante, dolorosa. He
vuelto a sentir miedo. Miedo a sentir, miedo a quedarme sola con la
ausencia, esa que llega sin aviso, sin fanfarria, sin consuelo. Un vacío que no solo visita, sino que se muda. Se instala. Y duele.
No estoy hablando de una pérdida física. Hablo de ese otro tipo de muerte: la que no se ve, pero que arrasa. La que se lleva la costumbre, la risa compartida, la caricia cotidiana, la certeza del “aquí estás”. Hablo de la pérdida de la estabilidad emocional, de los roles que me sostenían, de la mujer que fui cuando era mirada con dulzura. ¿Cómo se llora eso? ¿Cómo se honra esa pérdida sin que te trague?
Como mujer negra, nos enseñaron a resistir. A aguantar sin quejas. A
seguir, aunque duela. A sacrificarnos incansablemente, ¿por el bien común
o por el bien de otros? El Duelo, me nombra otra vez, y si me afirmo, que
hay que llorar. Nombrar. Sentir. Porque lo que no se nombra no existe, y lo
que no se llora se vuelve a repetir en vínculos que parecen nuevos, pero no
lo son.
Las pérdidas no siempre llevan flores ni entierro, pero pesan igual. Se muere
la costumbre de escuchar tu nombre en labios queridos; se muere la casa
cuando cambian las risas que la llenaban; se muere la certeza cuando el
cuerpo ya no ocupa ese espacio. Pérdidas de afectos, de territorios, de
sueños que parecían hechos a mi medida. Cada una exige su propio velorio,
aunque nadie más se vista de luto.
Nadie me enseñó cómo vivir el duelo de la complicidad perdida, de la
cotidianidad de los espacios compartidos, del amor que parecía eterno y se
evaporó como un mal sueño. Nadie me preparó para extrañar no solo al
otro, sino a la versión de mí que existía en ese espacio. Esa mujer valiente,
confiada, ilusionada. ¿Dónde quedó? ¿Cómo la lloro sin desaparecer con
ella?
Extraño la forma en que conversábamos de tanto, nos reíamos de todo.
Extraño el caminar y usar el tren para todo, extraño el orden y desorden de
la ciudad; extraño incluso los almuerzos y las conversaciones en la oficina
que ya no estarán. La falta de cotidianeidad ya no retumba, ya se perdió ese
pulso, esa vibra. Reorganizar la vida implica inventarme un ritmo nuevo:
reservar quince minutos o más para la nostalgia, para estar afligida, para pensar, recordar, revisar fotos y llorar; llorar mucho y luego secarme las lágrimas, bañarme y seguir luego de cerrar la puerta; aceptar invitaciones que antes hubiese ignorado; y ahora solo quiero sembrar semillas de girasol, atender mi huerto y verlo crecer con paciencia todas las mañanas.
El ejercicio de nombrar a la amiga que dejó de escribirme cuando nuestras
rutas y destinos cambiaron. Nombrar la ciudad que amé tanto, a la que
quisiera volver y olvidarme de lo que mi isla no me puede ofrecer, esa
ciudad que ahora vive solo en memorias y deseos de regresar. Nombrar el
amor que se disolvió entre silencios, dejándome un hueco en la cama y otro
en la autoestima. Cuando la pérdida recibe nombre, deja de ser sombra y se
vuelve digerible, así ando gestionando estos duelos, que son tantos. Porque
todo cambio es una muerte simbólica, y toda muerte necesita duelo.
Nombrar también reconoce la fractura colectiva. No duelo sola; llevo en la
sangre la memoria de mis ancestras esclavizadas, maltratadas, sometidas,
pisoteadas; llevo a mis tías, a mis abuelas que criaron hijos propios y ajenos
sin tiempo para preguntarse por sus pérdidas. Ellas susurran que llorar es
político, que cada lágrima limpia la herida colonial que nos atraviesa. Cuando
vuelve sonora la tristeza, digo: “No somos máquinas de aguante, somos
cuerpos que necesitan ternura, comprensión, cariños y cuidados”. Nadie
prepara rituales para la distancia emocional. Para no asfixiarme, escribo
cartas, escribo esto, también notas imaginarias. No las envío, pero al
nombrar el recuerdo lo convierto en ofrenda y lo suelto, lo dejo ir de cierta
forma; ese peso se transforma.
Hay otras pérdidas que se sienten en las paredes. Cuando regreso a casa y
resuena un eco distinto. Muevo la mesa, armo el gavetero nuevo, pinto el
balcón, arreglo el escritorio, cambio las lucecitas que adornaban mi cama.
Reconfigurar el espacio es decirle a la ausencia: “Sé que estás aquí, pero no
mandas”.
Además, gestionar el duelo desde un lugar de relativa comodidad con techo,
agua, comida caliente es un privilegio que también hiere. Pienso en las
hermanas que lo pierden todo bajo el inhumano trato del estado y su
situación migratoria o la violencia de perderlo todo por el que una vez dijo
que te amaba. Mi dolor no compite con el de nadie; es solo mío, pero más
bien me obliga a ampliar la mirada: el duelo individual siempre dialoga con
el duelo colectivo, me genera aún más desesperanza. Yo sé que sanar mi
herida abre un cauce para acompañar las heridas ajenas.
Y me niego a saltarme el proceso. No quiero anestesiar el dolor, ni
disfrazarlo de fortaleza. Quiero sentir. Quiero atravesar este desgarro con dignidad. Ya no quiero ser aguante. Porque solo así podré reconstruirme. Solo así podré mirar al futuro, sin fantasmas colgando de mis hombros.
El duelo no es debilidad. Es el acto más profundo de amor propio. Es
reconocer que hubo algo que me hizo feliz, que me nutrió, que me
construyó. Y que ahora toca despedirlo.
Del duelo se sale distinta, no necesariamente ilesa, pero sí más verdadera.
Cada pérdida es un espejo que refleja otra versión de mí: más consciente de
su fragilidad, más atenta a la ternura, más libre para decidir qué peso
merece ser cargado.
He perdido mucho, sí. Pero también me he ganado: la licencia para sentir, la
valentía de nombrar lo innombrable, la posibilidad infinita de reconstruirme.
Suelto estas palabras al viento; ojalá lleguen a tus manos y te recuerden
que tus duelos también merecen un lugar en la mesa. No estás sola, no
estás sole. Somos legión de corazones aprendiendo a latir entre escombros.
No quiero olvidar. Quiero transformar.
Y en ese acto, me nombro de nuevo. Me habito de nuevo. Me saco la piel,
esa que cargaba lo que ya no está, y me atrevo a vestirme de presente. Ser
vida. Ser movimiento. Ser yo, llena de amor propio.
Porque sí, me duele. Pero también sé que del duelo se sale más viva.



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