Sobre “Fiebre de carnaval” de Yuliana Ortiz Ruano
- Jun 11
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Updated: Jul 1

Me tomó un rato permitirme cogerle el piso al ritmo de la novela —no porque no entendiera— al contrario.
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Leer Fiebre de carnaval de Yuliana Ortiz Ruano requiere más tiempo de lo que se piensa. No por el idioma, no precisamente por la barrera de jergas, sino por lo doloroso que se hace el camino cuando vuelves a ver el retrato de que los cuerpos racializados como negros y feminizados no tienen descanso en ninguna costa.
La prosa y la poesía son un cantazo contra la pared. No porque no entiendes, sino porque por momentos —intencionalmente— no te deja entrar. Como si no tuvieses permiso de mirar más allá de la puerta porque queda “TERMINANTEMENTE PROHIBIDO MOVERSE DE LA CASA”. Y aun así sigues leyendo, con un nudo ansioso anidado en la garganta y una botella rota enterrada en el pie derecho; y como ya estás en medio del caos, en medio del carnaval, no tiene caso detenerse. Toca recorrer el camino donde ya todo el mundo sabe cómo hablar, cómo moverse, cómo reírse… un camino que aún estás descifrando, pero que supone devolverte al inicio o al vientre.
Y así, algo en la novela se acomoda, como cuando te santiguan o te dan un remedio para la fiebre.
Todo empieza a sonar familiar —en mi caso—-, como si te estuvieran describiendo alguna noche de las Fiestas Patronales en Loíza, como si alguna prima te describiera los cuerpos de los hombres emperifollaos en Carolina, como si la costa, los caminos y los palos de guayaba te distrajeran y te tiraran en alguna orilla de Pozuelo en Guayama. Ainhoa —nuestra protagonista de ocho años— sobrepasa los límites territoriales y temporales del carnaval de Esmeraldas… “Porque carnaval no es solo febrero y los días que dice el calendario, sino cualquier fiesta en la que la gente se amanece…”.
Entonces, mientras intentaba escribir este texto, pensando en todos los focos que podría elegir como puntos de partida, porque como el carnaval, que no es solo uno, la cotidianidad de Ainhoa no es solo una y ella no es solo una niña en Esmeraldas. Ainhoa no es solo Ainhoa. Ainhoa es la representación de las niñas negras sobreviviendo a la condición de ser negras y mujeres en un carnaval y en un entorno donde “Los adultos ya no… cuidan a los niños”. Es esa niña negra que fue mirada distinta antes de ella misma tener la oportunidad de mirarse.
Yuliana, logra que todo pase mientras la música, el ruido, el calor, las humedades, la comemierdería, los regaños, la correa de cuero, las guayabas, los gusanos, el bikini, las caricaturas, la meadas de cama, la comida, la belleza, el amor y la mirada de deseo de los hombres —porque “... hay que cuidarse siempre del amor de los hombres…”—, la defensiva de las mayoras, el fierro, el olor a aguardiente y a sudor agrio, la pobreza, el sonido de la guagua, la muerte, parir, las crías, las ballenas, la complicidad, el carnaval y el acompañamiento de Dios —si es que existe—… todo a todo volumen. Asfixie.
Y aun así te saca a bailar a pesar de todo.
Y es que en el Caribe, —y me atrevería a decir que en todas las costas y comunidades negras estructuralmente oprimidas y empobrecidas—, esto se entiende sin mucha explicación. Lo vemos en las familias, en las ausencias, la sobrevivencia. El carnaval y el “festejo” se vuelven una forma de existir y sobrevivir a la vida misma; hastaquetodosemezcla: lo que duele y lo que se celebra. Y en medio de eso, vuelve Ainhoa. Que intentando entender su mundo y apalabrarlo, la fiesta sigue y la gente baila porque la música no se detiene. El caos cotidiano se vuelve borroso con el caos del carnaval. Porque todo está pasando al mismo tiempo y no hay forma de separar una cosa de la otra.
Y esa es mi parte favorita de la novela. El carnaval como herramienta y recurso narrativo, el carnaval como un personaje en sí mismo, una bomba de tiempo esperando a ser detonada. Porque crecer en ese tipo de entorno es eso: no tener claro dónde empieza el peligro y dónde termina el juego.
La novela no necesita decirlo todo para que una entienda la violencia como parte del espectáculo. Una violencia que no pretende esconderse, ni tomarte por sorpresa, pero lo hace, porque no se nombra. Está ahí, latiendo, esperando despertarte con un baldazo de “cerveza helada en la cabeza”. Un golpe que sabías que venía, y aún así no puedes defenderte.
Fiebre de carnaval no es solo una novela de la infancia. Es de que “El amor de los hombres hacia sus hijas es el más terrible”. Es de las mayoras que nos cuidan y del silencio que las vuelve cómplices. Es de almas viejas que se repiten. Es de la violencia que no se apalabra grotescamente pero aún así mata. Es de las ñañas. Es de negritud y resistencia. Es sobre pobreza y acceso… y todo esto está, sin ser un panfleto. Porque lo cotidiano es político.
Quiero abrazar a todas las Ainhoas y “solo quiero subirme para siempre al árbol de guayaba” con ellas. Que sus manos estén pegadas a las mías para siempre y que siempre las escuchen cuando digan "Quiero irme de aquí."

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