Descolonizar el lenguaje
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Dicen que “de tal palo, tal astilla”,
como si la sangre definiera la semilla,
como si nuestras voces no pudieran torcer
la historia que heredamos y debemos deshacer.
Se escuchan ecos:
“los hombres no lloran”,
“no es para tanto, mujer”,
y se repiten en el aire,
como si nuestras voces
no pudieran torcer la historia,
no pudieran reescribir la memoria.
“Trabaja como un negro”,
“ese viene de fuera, cuidado”,
grilletes que arrastramos,
frases que aprendimos
sin preguntarnos por qué,
palabras que encierran siglos,
grilletes invisibles que repetimos,
y que hoy nos duelen en la boca.
Pero el mundo cambia, y las ciudades laten
con ritmos que vienen de mil raíces,
con voces que cruzan mares y fronteras,
con lenguas que nos enseñan a mirar distinto,
a escuchar distinto, a nombrar distinto.
y que podemos transformar con afritud,
con el cacao que endulza lo amargo,
con chuko que golpea viejas costumbres,
con la vaina que nombra lo que antes no se decía.
Podemos reescribir los refranes,
torcer los dichos, girar los ecos,
hasta que el lenguaje abrace la diversidad,
hasta que cada frase respire respeto,
hasta que cada palabra cante la vida
de todas las culturas que vivimos juntas.
El machismo aún habla,
“la mujer en su sitio”,
pero respondemos claros,
con rimas que rompen muros,
cada hombre, cada mujer,
cada historia con su espacio,
sin silencios, sin cadenas, libres,
con derecho a existir en nuestra memoria,
con derecho a existir en el imaginario,
a ser vistos, escuchados, nombrados.
Porque el lenguaje importa,
cada palabra que decimos es un acto de amor,
un posicionamiento político,
puede herir o puede cuidar,
puede dividir o puede abrazar,
puede oprimir o liberar.
El castellano puede aprender a escuchar,
puede abrazar mil culturas,
mil tonos, mil ritmos, mil mundos,
puede ser justicia y libertad
en cada boca, en cada oído.
Y al final, cuando digamos nuestros nombres,
cuando contemos nuestras historias,
cuando hablemos con fuerza y libertad,
recordemos siempre con pasión:
hay que descolonizar la lengua,
porque el lenguaje construye nuestro mundo,
porque puede rimar con justicia y conciencia,
puede vivir en respeto y presencia,
puede abrazar la diversidad
y cantar con esperanza y resiliencia.



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