Alcoholado
- 5 hours ago
- 2 min read

Dentro de la fresca noche, la suave balada de los coquíes y el tamborileo de la lluvia que aterrizaba sobre del techo de zinc indicaban solo una cosa: era la noche perfecta para un chocolate caliente. Con solo una mirada, mi abuelita alcahueta, quien se mecía tranquilamente en su sillón, caminó a la cocina y encendió la hornilla de gas con un fósforo. Sus pies se arrastraban contra la madera, acompañados de una leve cojera, pero apoyaba su mano firme en todas las superficies del camino. Meneó, coló y vertió el líquido en cada taza de barro luego de enseñarme cómo cortar las franjas de queso.
—Que te aproveche, mi niña —dijo con su mejor sonrisa.
Acerqué la taza a mi boca y tomé suavemente el primer sorbo de pura delicia y amor. Mis alegres pies bailaban al ritmo del grillo, con el deslizar de mis medias mullidas contra el piso. Disfrutamos nuestro tiempo en silencio, con el bullicio del televisor como único entretenimiento.
—Me voy a recostar —interrumpió mi abuela—. Me duele un poco la cabeza y el…
No terminó la oración antes de cruzar y adentrarse en la oscuridad de la habitación.
Quedaron solo el televisor, los coquíes, los grillos y yo, cansada pero no lista para dormir. Me asomé al balcón en busca de algo que hacer, mientras el viento peinaba cada rizo y cada pestaña. Susurraba sin sentido hasta que cada pelo en mi piel buscaba tocar la luna, y entonces me azotó con su golpe helado: “Adiós”. Por instinto, volé a la cocina y saqué la botella de cristal llena de hojas de savia, malagueta, menta y eucalipto. Unté, en un pañuelo blanco, el alcoholado como mi abuelita hacía cada vez que me punzaba la cabeza.
Cuidadosamente abrí la puerta y las criaturas fuera de la ventana se enmudecieron. Preocupada por despertarla, evité presionar el pañuelo contra su frente. Me acomodé a su lado, esperando que empezara el “Padre Nuestro” como cada noche, pero el silencio era demasiado pesado. El cuarto se vistió de luto; cada comida, cada ropa tejida, cada beso marcado con su lápiz labial y cada carcajada lanzada al abismo comenzaron a borrarse. Ni aquel chocolate caliente pudo calentar la mano fría que nunca volvería a sobar mi cabello rizo.



Comments